sábado, 15 de marzo de 2014

"Amaràs a Dios por sobre todas las cosas" Pelìcula. 4to año

Hola chicos:

Tarde pero seguro.
Les dejo la peli para que la vean durante el finde. Este es el link:
http://www.youtube.com/watch?v=1VrMphX_0Pw
 Si, ya sè, no es pochoclera, pero nos va a servir para trabajar.


Saludos.

jueves, 13 de marzo de 2014

El peatón. Ray Bradbury. 2do año.

“El Peatón”, de Ray Bradbury

Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa
noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y
caminar, con las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le
gustaba más al señor Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba
a lo largo de las avenidas iluminadas por la luna, en las cuatro direcciones,
decidiendo qué camino tomar. Pero realmente no importaba, pues estaba
solo en aquel mundo del año 2052, o era como si estuviese solo. Y una vez
que se decidía, caminaba otra vez, lanzando ante él formas de aire frío,
como humo de cigarro.

A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a
medianoche. Y pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si
pasease por un cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de
luciérnaga brillaban a veces tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas
grises parecían manifestarse en las paredes interiores de un cuarto, donde
aún no habían cerrado las cortinas a la noche. O se oían unos murmullos y
susurros en un edificio sepulcral donde aún no habían cerrado una ventana.

El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba,
miraba, y seguía caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera.
Durante un tiempo había pensado ponerse unos botines para pasear de
noche, pues entonces los perros, en intermitentes jaurías, acompañarían su
paseo con ladridos al oír el ruido de los tacos, y se encenderían luces y
aparecerían caras, y toda una calle se sobresaltaría ante el paso de la
solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de una noche de noviembre.

En esta noche particular, el señor Mead inició su paseo caminando
hacia el oeste, hacia el mar oculto. Había una agradable escarcha cristalina
en el aire, que le lastimaba la nariz, y sus pulmones eran como un árbol de
Navidad. Podía sentir la luz fría que entraba y salía, y todas las ramas
cubiertas de nieve invisible. El señor Mead escuchaba satisfecho el débil
susurro de sus zapatos blandos en las hojas otoñales, y silbaba quedamente
una fría canción entre dientes, recogiendo ocasionalmente una hoja al pasar,
examinando el esqueleto de su estructura en los raros faroles, oliendo su
herrumbrado olor.

—Hola, los de adentro —les murmuraba a todas las casas, de todas las
aceras—. ¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal
 nueve? ¿Por dónde corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los
Estados Unidos por aquella loma?

La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía,
como la sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba
muy quieto, inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un
desierto de Arizona, invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil
kilómetros a la redonda, sin otra compañía que los cauces secos de los ríos,
las calles.

—¿Qué pasa ahora? —les preguntó a las casas, mirando su reloj de
pulsera—. Las ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes?
¿Un programa de adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se
cae del escenario?

¿Era un murmullo de risas el que venía desde aquella casa a la luz de
la luna? El señor Mead titubeó, y siguió su camino. No se oía nada más.
Trastabilló en un saliente de la acera. El cemento desaparecía ya bajo las
hierbas y las flores. Luego de diez años de caminatas, de noche y de día, en
miles de kilómetros, nunca había encontrado a otra persona que se paseara
como él.

Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban
la ciudad. Durante el día se sucedían allí tronadoras oleadas de autos, con
un gran susurro de insectos. Los coches escarabajos corrían hacia lejanas
metas tratando de pasarse unos a otros, exhalando un incienso débil. Pero
ahora estas carreteras eran como arroyos en una seca estación, sólo piedras
y luz de luna.

Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una
manzana de su destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una
esquina y lanzó sobre él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se
quedó paralizado, casi como una polilla nocturna, atontado por la luz.

Una voz metálica llamó:

—Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva!

Mead se detuvo.

—¡Arriba las manos!

—Pero... —dijo Mead.

—¡Arriba las manos, o dispararemos!
La policía, por supuesto, pero qué cosa rara e increíble; en una ciudad
de tres millones de habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así?
Un año antes, en 2052, el año de la elección, las fuerzas policiales habían
sido reducidas de tres coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no
había necesidad de policía, salvo este coche solitario que iba y venía por las
calles desiertas.

—¿Su nombre? —dijo el coche de policía con un susurro metálico.

Mead, con la luz del reflector en sus ojos, no podía ver a los hombres.

—Leonard Mead —dijo.

—¡Más alto!

—¡Leonard Mead!

—¿Ocupación o profesión?

—Imagino que ustedes me llamarían un escritor.

—Sin profesión —dijo el coche de policía como si se hablara a sí
mismo.

La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo
atravesada por una aguja.

—Sí, puede ser así —dijo.

No escribía desde hacía años. Ya no vendían libros ni revistas. Todo
ocurría ahora en casa como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las
tumbas, mal iluminadas por la luz de la televisión, donde la gente estaba
como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca
los tocaba realmente.

—Sin profesión —dijo la voz de fonógrafo, siseando—. ¿Qué estaba
haciendo afuera?

—Caminando —dijo Leonard Mead.

—¡Caminando!

—Sólo caminando —dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en
la cara.

—¿Caminando, sólo caminando, caminando?

—Sí, señor.

—¿Caminando hacia dónde? ¿Para qué?

—Caminando para tomar aire. Caminando para ver.

—¡Su dirección!

—Calle Saint James, once, sur.

—¿Hay aire en su casa, tiene usted acondicionador de aire, señor
Mead?

—Sí.

—¿Y tiene usted televisor?

—No.

—¿No?

Se oyó un suave crujido que era en sí mismo una acusación.

—¿Es usted casado, señor Mead?

—No.

—No es casado —dijo la voz de la policía detrás del rayo brillante.

La luna estaba alta y brillaba entre las estrellas, y las casas eran grises
y silenciosas.

—Nadie me quiere —dijo Leonard Mead con una sonrisa.

—¡No hable si no le preguntan!

Leonard Mead esperó en la noche fría.

—¿Sólo caminando, señor Mead?

—Sí.

—Pero no ha dicho para qué.

 —Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar simplemente.

—¿Ha hecho esto a menudo?

—Todas las noches durante años.

El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de
radio que zumbaba débilmente.

—Bueno, señor Mead —dijo el coche.

—¿Eso es todo? —preguntó Mead cortésmente.

—Sí —dijo la voz. —Acérquese. —Se oyó un suspiro, un chasquido. La
portezuela trasera del coche se abrió de par en par. —Entre.

—Un minuto. ¡No he hecho nada!

—Entre.

—¡Protesto!

—Señor Mead...

Mead entró como un hombre que de pronto se sintiera borracho.
Cuando pasó junto a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal
como esperaba, no había nadie en el asiento delantero, nadie en el coche.

—Entre.

Mead se apoyó en la portezuela y miró el asiento trasero, que era un
pequeño calabozo, una cárcel en miniatura con barrotes. Olía a antiséptico;
olía a demasiado limpio y duro y metálico. No había allí nada blando.

—Si tuviera una esposa que le sirviera de coartada... —dijo la voz de
hierro—. Pero...

—¿Hacia dónde me llevan?

El coche titubeó, dejó oír un débil y chirriante zumbido, como si en
alguna parte algo estuviese informando, dejando caer tarjetas perforadas
bajo ojos eléctricos.

—Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas.
 Mead entró. La puerta se cerró con un golpe blando. El coche policía
rodó por las avenidas nocturnas, lanzando adelante sus débiles luces.

Pasaron ante una casa en una calle un momento después. Una casa
más en una ciudad de casas oscuras. Pero en todas las ventanas de esta
casa había una resplandeciente claridad amarilla, rectangular y cálida en la
fría oscuridad.

— Mi casa —dijo Leonard Mead.

Nadie le respondió.

El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando
atrás las calles desiertas con las aceras desiertas, sin escucharse ningún otro
sonido, ni hubo ningún otro movimiento en todo el resto de la helada noche
de noviembre.

jueves, 18 de abril de 2013

Película: Mercano; el marciano. 2do año. Prácticas del Lenguaje.



Hola Chicos:

A continuación les dejo la versión completa de la película "Mercano, el marciano" para que puedan verla a los fines de trabajarla en la clase del viernes.



Saludos.

martes, 16 de abril de 2013

Polifonìa. Texto de aplicaciòn. 6To año. Literatura.


Sobre el amor y el desamor.
Por Ferràn Gonzales.

Hace unas semanas, hurgando en mi Biblioteca, tomé entre mis manos un libro de Carmen Martín Gaite: “El cuento de nunca acabar”. En uno de sus capítulos, bajo el nombre de “Amores de derribo”, Martin Gaite reflexiona sobre el amor y sobre cómo, a veces, de la convivencia en un mismo espacio de “nuestras historias viejas” con “historias viejas ajenas” puede surgir la ilusión de una historia nueva.
“…El otro dìa fui a casa de Julia. Su marido Luis, había fallecido unos meses antes. En el comedor había un pequeño altar con sus velas encendidas y una foto de Luis rodeada de mariposas. La foto no era reciente. Tuvo que rescatarla del baúl de los recuerdos y, probablemente, la razón de este rescate era la necesidad de volver a los orígenes, para recuperar el recuerdo y para revivir el milagro de aquel amor que prendió y que el esfuerzo, el sacrificio y el respeto, lo hicieron perdurable. La habitación de Luis, que hacía tiempo dormía sólo a causa de su enfermedad, estaba todavía intacta. Vi en ella sus tableros de ajedrez, sus amadas Enciclopedias, sus libros de astronomía y filosofía, sus papeles y notas, todo ello bajo la atenta mirada de Albert Einstein cuya foto ocupaba un espacio central frente a su mesa.
Lo ví todo desposeído de vida. Nada comparable a los tiempos en que Luís, con su sola presencia, hacía que aquellos objetos , hoy sin vida, permanecieran atentos a cualquier gesto, a cualquier mirada, que les hiciera sentir que estaban allí para alimentar el espíritu de aquel hombre entrañable…”
Martín Gaite traza una semejanza entre el momento en que una historia de amor se da por terminada y la sensación que nos invade cuando pasamos una y otra vez por aquella estancia vacía, silenciosa, de nuestro ser querido ausente.
¿Cómo se origina el amor? ¿Cómo se produce ese milagro? ¿Cuándo empieza a insinuarse hasta que fragua definitivamente? Martin Gaite nos habla de nuestra infancia, de aquella época en que, siendo niños, jugábamos a los cromos y los intercambiábamos hasta completar nuestro àlbum. Los amantes se intercambian historias, las mezclan y elaboran entre ambos una memoria compartida.
Nos acercamos a alguien porque creemos adivinar que es el “interlocutor soñado” desde tiempos lejanos. Descubrimos en su mirada un deseo insaciable de conocer todos los detalles de nuestra vida y es, en ese momento, cuando creemos haber hallado la persona capaz de derrumbar aquella “muralla” hasta entonces infranqueable, abrimos nuestra caja de los recuerdos y le mostramos las fotos de nuestra infancia, nuestros papeles viejos, nuestras historias más divertidas, nuestras “heridas y emociones secretas”. Y entonces le comentamos: “Esto no se lo había contado nunca a nadie. ¿Cómo es posible que te lo esté contando a ti?
“…Rotas ya las murallas, aquellos cajones secretos que habían permanecido hasta entonces sin abrirse, se mezclan. Nuestros cromos se mezclan con los cromos del otro…”
Pero, ¿qué pasa cuando el amor cesa? ¿Quién se atreve a retirar de aquella estancia silenciosa, los enseres y papeles viejos de nuestro ser querido? ¿Qué pasa cuando los cromos ya descoloridos han dejado de contarnos aquellas historias que en otra época nos contaban? No sabemos que hacer. Por un lado, las viejas historias, antaño deslumbrantes, se nos aparecen en cualquier momento y lugar. Por otro, nos hacemos un firme propósito: “Un dia de éstos me meto a ordenar, a tirar historias atrasadas, cromos viejos”. Pero nos resistimos a dar el paso.
Qué hacemos con aquellas “historias”, con aquellas “narraciones” que nacieron sólo para aquel amor ausente? Martin Gaite piensa que no hay que “renegar” ni “manosear” aquellas historias viejas. Tan sólo hay que recuperarlas desde otro plano distinto y hemos de contarnos aquella “historia” de otra manera. Algo así como “el cuento del cuento”. Por ello nos habla Martín Gaite de los “amores de derribo”, porque las historias pasadas no han de convertirse en basura, en material de derribo. Aquella historia vieja que nos está comiendo la vida, hay que verla con otros ojos. Hay que verla “como una flor bordada en un cañamazo lleno de flores y donde todavía quedan muchas por bordar”. (…Podemos cortar las flores; pero munca, jamàs, detener las primavera…)
Para encontrar el hilo del nuevo amor hemos de hallar aquel espacio común en el que convivan nuestros trastos viejos con los nuevos y, fruto de esa convivencia, ilusionarnos con una historia nueva. Aquél náufrago nacido del desamor, ha de querer salvarse. Nadie podrá rescatarlo si él no hilvana con todos los elementos de su vida una nueva “narración” que le infunda la ilusión y el deseo de vivir.
No puedo sustraerme a la belleza del título de la obra de Martín Gaite: “El cuento de nunca acabar”. Recuerdo cuando mis padres me enredaban en un laberinto de historias que parecían no tener fin, intercalando la frase, “… y este es el cuento de nunca acabar”. No imaginábamos en aquel tiempo que el contar historias, el recuperar historias viejas, reelaborarlas y sabérnoslas contar de otra manera, podía insuflarnos tanto aliento de vida, cuando el desamor se nos apodera. Hemos de arriesgarnos, dar pasos adelante, enfrentarnos con lo imprevisible, aventurarnos en el laberinto de lo desconocido, incorporar nuevas historias, descubrir nuevos mundos. Sólo de esa forma, nuestro cuento no tendrá fin y nos devolverá a aquellos momentos mágicos en que, boquiabiertos, nos sumergíamos en aquella historia interminable.


Formas estròficas tradicionales. 4to año. Literatura.


Estrofas tradicionales

Hay muchas estrofas tradicionales, y aun algunas formas importantes que carecen de forma estrófica (pero que se incluyen aquí). Esta página sólo da ejemplos de los más comunes y los más importantes. Para un estudio más profundo, será necesario acudir a uno de los muchos libros que existen sobre la versificación española.

Décima

La décima tiene 10 versos octosílabos, con rima consonante: abbabcdccd.
Aquí la envidia y mentira
me tuvieron encerrado.
Dichoso el humilde estado
del sabio que se retira
de aqueste mundo malvado,
y con pobre mesa y casa,
en el campo deleitoso
con sólo Dios se compasa,
y a solas su vida pasa,
ni envidiado ni envidioso.
a
b
b
a
b
c
d
c
c
d

Octava real

La octava real se compone de ocho versos endecasílabos con rima consonante: ABABABCC.
Aquella voluntad honesta y pura
ilustre y hermosísima María,
que en mí de celebrar tu hermosura,
tu ingenio y tu valor estar solía,
a despecho y pesar de la ventura
que por otro camino me desvía,
está y estará en mí tanto clavada,
cuanto del cuerpo el alma acompañada.
A
B
A
B
A
B
C
C

 

 

 

 

Redondilla

La redondilla es una estrofa de 4 versos octosílabos, con rima consonante, generalmente abba pero a veces abab.
Deja que tus plantas bese
por la merced recebida,
pues el cobrar nueva vida
por ella es bien que confiese.
a
b
b
a

Romance

El romance no tiene forma estrófica, es decir, consta de un número variable de versos octosílabos con rima asonante en los versos pares.
Para emprender la jornada
desta ciudad, que ya tiene
nombre de Ciudad Real,
juntó el gallardo maestre
dos mil lucidos infantes
de sus vasallos valientes,
y trescientos de a caballo
de seglares y de freiles....
Rima asonante (e – e) en los versos pares:
e–e

e-e

e-e

e-e

Soneto

El soneto tiene catorce versos endecasílabos, divididos en 2 cuartetos y 2 tercetos. La rima en los 2 cuartetos es fija: ABBA ABBA. La rima en los tercetos es cambiable; pero generalmente es de CDE CDE o CDC DCD.
Mientras por competir con su cabello,
oro bruñido al sol reluce en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;
Mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano;
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello:
Goza cuello,k cabello, labio y frente
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,
No sólo en plata o vïola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
A
B
B
A
A
B
B
A
C
D
C
D
C
D

Terceto

El terceto, como es de esperar, tiene 3 versos endecasílabos con una rima abrazada: ABA BCB CDC DED. Se termina una serie de tercetos por agregar un cuarto: ... EFE FGF GHGH.
Acá no tienen armas ni caballos,
no jaeces bordados de oro puro,
si no es oro el amor de los vasallos.
Y porque digo puro, os aseguro
que vienen doce cueros, que aun en cueros
por enero podréis guardar un muro,
Si dellos aforrías vuestros guerreros,
mejor que de las armas aceradas;
que el vino suele dar lindos aceros.
De quesos y otras cosas no excusadas
no quiero daros cuenta: justo pecho
de voluntades que tenéis ganadas;
y a vos y a vuestra casa, buen provecho.
A
B
A
B
C
B
C
D
C
D
E
D
E

Práctica

¿Cómo se llama la forma de cada ejemplo? Para ver la respuesta, pulse el botón "Respuesta" con el ratón.

Católico rey Fernando,
a quien ha enviado el cielo
desde Aragón a Castilla
para bien y amparo nuestro:
En nombre de Ciudad Real,
a vuestro valor supremo
humildes nos presentamos...

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Que Federico gobernó mi estado
en mi ausencia, he sabido, tan discreto,
que vasallo ninguno se ha quejado.
En medio de las armas, os prometo
que imaginaba yo con la prudencia
que se mostraba senador perfeto.
¡Gracias a Dios, que con infame ausencia
los enemigos del Pastor romano
respetan en mi espada su presencia!...
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Amando, recelar daño en lo amado
nueva pena de amor se considera;
que quien en lo que ama daño espera
aumenta en el temor nuevo cuidado.
El firme pensamiento desvelado,
si le aflige el temor, fácil se altera;
que no es a firme fe pena ligera
ver llevar el temor el bien robado.
Mi esposo adoro; la ocasión que veo
al temor de su daño me condena,
si no le ayuda a felice suerte.
Al bien suyo se inclina mi deseo:
si está presente, está cierta mi pena;
si está en ausencia, está cierta mi muerte.

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De este, pues, formidable de la tierra
bostezo, el melancólico vacío
a Polifemo, horror de aquella sierra,
bárbara choza es, albergue umbrío
y redil espacioso donde encierra
cuanto las cumbres ásperas cabrío
de los montes, esconde: copia bella
que un silbo junta y un peñasco sella.
Vuélvete, conde, a estar triste,
vuelve a tu suspensa calma;
que tengo muy en el alma
los desprecios que me hiciste.

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viernes, 29 de marzo de 2013

El relato policial. 2do año.



Hola chicos/as: Aquí les dejo el video de la película "La soga" de Alfred Hichcock para que vean el trabajo con "lo sugerente" a los fines de aportar mayor intriga a la historia. Si no puden verla haciendo clik en la foto,  traten de copiar esta dirección y verla directamente desde youtube: http://www.youtube.com/watch?v=_yvbVcrTFh4

Nos vemos a la vuelta de Semana Santa así trabajamos sobre estos conceptos. 

Saludos.







jueves, 21 de marzo de 2013

Las fábulas. 1er año.

En este enlace encontrarán un video ilustrativo que los llevará por un recorrido de "La fábula" como relato que deja una enseñanza simbólica acorde a las distintas épocas de cada sociedad.
Tienen que hacer clik en la siguiente dirección y ver el video:

http://conectate.gov.ar/educar-portal-video-web/module/detalleRecurso/DetalleRecurso.do?searchString=literatura&tipoFuncionalId=12&idRecurso=102893