martes, 16 de abril de 2013

Polifonìa. Texto de aplicaciòn. 6To año. Literatura.


Sobre el amor y el desamor.
Por Ferràn Gonzales.

Hace unas semanas, hurgando en mi Biblioteca, tomé entre mis manos un libro de Carmen Martín Gaite: “El cuento de nunca acabar”. En uno de sus capítulos, bajo el nombre de “Amores de derribo”, Martin Gaite reflexiona sobre el amor y sobre cómo, a veces, de la convivencia en un mismo espacio de “nuestras historias viejas” con “historias viejas ajenas” puede surgir la ilusión de una historia nueva.
“…El otro dìa fui a casa de Julia. Su marido Luis, había fallecido unos meses antes. En el comedor había un pequeño altar con sus velas encendidas y una foto de Luis rodeada de mariposas. La foto no era reciente. Tuvo que rescatarla del baúl de los recuerdos y, probablemente, la razón de este rescate era la necesidad de volver a los orígenes, para recuperar el recuerdo y para revivir el milagro de aquel amor que prendió y que el esfuerzo, el sacrificio y el respeto, lo hicieron perdurable. La habitación de Luis, que hacía tiempo dormía sólo a causa de su enfermedad, estaba todavía intacta. Vi en ella sus tableros de ajedrez, sus amadas Enciclopedias, sus libros de astronomía y filosofía, sus papeles y notas, todo ello bajo la atenta mirada de Albert Einstein cuya foto ocupaba un espacio central frente a su mesa.
Lo ví todo desposeído de vida. Nada comparable a los tiempos en que Luís, con su sola presencia, hacía que aquellos objetos , hoy sin vida, permanecieran atentos a cualquier gesto, a cualquier mirada, que les hiciera sentir que estaban allí para alimentar el espíritu de aquel hombre entrañable…”
Martín Gaite traza una semejanza entre el momento en que una historia de amor se da por terminada y la sensación que nos invade cuando pasamos una y otra vez por aquella estancia vacía, silenciosa, de nuestro ser querido ausente.
¿Cómo se origina el amor? ¿Cómo se produce ese milagro? ¿Cuándo empieza a insinuarse hasta que fragua definitivamente? Martin Gaite nos habla de nuestra infancia, de aquella época en que, siendo niños, jugábamos a los cromos y los intercambiábamos hasta completar nuestro àlbum. Los amantes se intercambian historias, las mezclan y elaboran entre ambos una memoria compartida.
Nos acercamos a alguien porque creemos adivinar que es el “interlocutor soñado” desde tiempos lejanos. Descubrimos en su mirada un deseo insaciable de conocer todos los detalles de nuestra vida y es, en ese momento, cuando creemos haber hallado la persona capaz de derrumbar aquella “muralla” hasta entonces infranqueable, abrimos nuestra caja de los recuerdos y le mostramos las fotos de nuestra infancia, nuestros papeles viejos, nuestras historias más divertidas, nuestras “heridas y emociones secretas”. Y entonces le comentamos: “Esto no se lo había contado nunca a nadie. ¿Cómo es posible que te lo esté contando a ti?
“…Rotas ya las murallas, aquellos cajones secretos que habían permanecido hasta entonces sin abrirse, se mezclan. Nuestros cromos se mezclan con los cromos del otro…”
Pero, ¿qué pasa cuando el amor cesa? ¿Quién se atreve a retirar de aquella estancia silenciosa, los enseres y papeles viejos de nuestro ser querido? ¿Qué pasa cuando los cromos ya descoloridos han dejado de contarnos aquellas historias que en otra época nos contaban? No sabemos que hacer. Por un lado, las viejas historias, antaño deslumbrantes, se nos aparecen en cualquier momento y lugar. Por otro, nos hacemos un firme propósito: “Un dia de éstos me meto a ordenar, a tirar historias atrasadas, cromos viejos”. Pero nos resistimos a dar el paso.
Qué hacemos con aquellas “historias”, con aquellas “narraciones” que nacieron sólo para aquel amor ausente? Martin Gaite piensa que no hay que “renegar” ni “manosear” aquellas historias viejas. Tan sólo hay que recuperarlas desde otro plano distinto y hemos de contarnos aquella “historia” de otra manera. Algo así como “el cuento del cuento”. Por ello nos habla Martín Gaite de los “amores de derribo”, porque las historias pasadas no han de convertirse en basura, en material de derribo. Aquella historia vieja que nos está comiendo la vida, hay que verla con otros ojos. Hay que verla “como una flor bordada en un cañamazo lleno de flores y donde todavía quedan muchas por bordar”. (…Podemos cortar las flores; pero munca, jamàs, detener las primavera…)
Para encontrar el hilo del nuevo amor hemos de hallar aquel espacio común en el que convivan nuestros trastos viejos con los nuevos y, fruto de esa convivencia, ilusionarnos con una historia nueva. Aquél náufrago nacido del desamor, ha de querer salvarse. Nadie podrá rescatarlo si él no hilvana con todos los elementos de su vida una nueva “narración” que le infunda la ilusión y el deseo de vivir.
No puedo sustraerme a la belleza del título de la obra de Martín Gaite: “El cuento de nunca acabar”. Recuerdo cuando mis padres me enredaban en un laberinto de historias que parecían no tener fin, intercalando la frase, “… y este es el cuento de nunca acabar”. No imaginábamos en aquel tiempo que el contar historias, el recuperar historias viejas, reelaborarlas y sabérnoslas contar de otra manera, podía insuflarnos tanto aliento de vida, cuando el desamor se nos apodera. Hemos de arriesgarnos, dar pasos adelante, enfrentarnos con lo imprevisible, aventurarnos en el laberinto de lo desconocido, incorporar nuevas historias, descubrir nuevos mundos. Sólo de esa forma, nuestro cuento no tendrá fin y nos devolverá a aquellos momentos mágicos en que, boquiabiertos, nos sumergíamos en aquella historia interminable.


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