jueves, 13 de marzo de 2014

El peatón. Ray Bradbury. 2do año.

“El Peatón”, de Ray Bradbury

Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa
noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y
caminar, con las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le
gustaba más al señor Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba
a lo largo de las avenidas iluminadas por la luna, en las cuatro direcciones,
decidiendo qué camino tomar. Pero realmente no importaba, pues estaba
solo en aquel mundo del año 2052, o era como si estuviese solo. Y una vez
que se decidía, caminaba otra vez, lanzando ante él formas de aire frío,
como humo de cigarro.

A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a
medianoche. Y pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si
pasease por un cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de
luciérnaga brillaban a veces tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas
grises parecían manifestarse en las paredes interiores de un cuarto, donde
aún no habían cerrado las cortinas a la noche. O se oían unos murmullos y
susurros en un edificio sepulcral donde aún no habían cerrado una ventana.

El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba,
miraba, y seguía caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera.
Durante un tiempo había pensado ponerse unos botines para pasear de
noche, pues entonces los perros, en intermitentes jaurías, acompañarían su
paseo con ladridos al oír el ruido de los tacos, y se encenderían luces y
aparecerían caras, y toda una calle se sobresaltaría ante el paso de la
solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de una noche de noviembre.

En esta noche particular, el señor Mead inició su paseo caminando
hacia el oeste, hacia el mar oculto. Había una agradable escarcha cristalina
en el aire, que le lastimaba la nariz, y sus pulmones eran como un árbol de
Navidad. Podía sentir la luz fría que entraba y salía, y todas las ramas
cubiertas de nieve invisible. El señor Mead escuchaba satisfecho el débil
susurro de sus zapatos blandos en las hojas otoñales, y silbaba quedamente
una fría canción entre dientes, recogiendo ocasionalmente una hoja al pasar,
examinando el esqueleto de su estructura en los raros faroles, oliendo su
herrumbrado olor.

—Hola, los de adentro —les murmuraba a todas las casas, de todas las
aceras—. ¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal
 nueve? ¿Por dónde corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los
Estados Unidos por aquella loma?

La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía,
como la sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba
muy quieto, inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un
desierto de Arizona, invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil
kilómetros a la redonda, sin otra compañía que los cauces secos de los ríos,
las calles.

—¿Qué pasa ahora? —les preguntó a las casas, mirando su reloj de
pulsera—. Las ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes?
¿Un programa de adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se
cae del escenario?

¿Era un murmullo de risas el que venía desde aquella casa a la luz de
la luna? El señor Mead titubeó, y siguió su camino. No se oía nada más.
Trastabilló en un saliente de la acera. El cemento desaparecía ya bajo las
hierbas y las flores. Luego de diez años de caminatas, de noche y de día, en
miles de kilómetros, nunca había encontrado a otra persona que se paseara
como él.

Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban
la ciudad. Durante el día se sucedían allí tronadoras oleadas de autos, con
un gran susurro de insectos. Los coches escarabajos corrían hacia lejanas
metas tratando de pasarse unos a otros, exhalando un incienso débil. Pero
ahora estas carreteras eran como arroyos en una seca estación, sólo piedras
y luz de luna.

Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una
manzana de su destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una
esquina y lanzó sobre él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se
quedó paralizado, casi como una polilla nocturna, atontado por la luz.

Una voz metálica llamó:

—Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva!

Mead se detuvo.

—¡Arriba las manos!

—Pero... —dijo Mead.

—¡Arriba las manos, o dispararemos!
La policía, por supuesto, pero qué cosa rara e increíble; en una ciudad
de tres millones de habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así?
Un año antes, en 2052, el año de la elección, las fuerzas policiales habían
sido reducidas de tres coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no
había necesidad de policía, salvo este coche solitario que iba y venía por las
calles desiertas.

—¿Su nombre? —dijo el coche de policía con un susurro metálico.

Mead, con la luz del reflector en sus ojos, no podía ver a los hombres.

—Leonard Mead —dijo.

—¡Más alto!

—¡Leonard Mead!

—¿Ocupación o profesión?

—Imagino que ustedes me llamarían un escritor.

—Sin profesión —dijo el coche de policía como si se hablara a sí
mismo.

La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo
atravesada por una aguja.

—Sí, puede ser así —dijo.

No escribía desde hacía años. Ya no vendían libros ni revistas. Todo
ocurría ahora en casa como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las
tumbas, mal iluminadas por la luz de la televisión, donde la gente estaba
como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca
los tocaba realmente.

—Sin profesión —dijo la voz de fonógrafo, siseando—. ¿Qué estaba
haciendo afuera?

—Caminando —dijo Leonard Mead.

—¡Caminando!

—Sólo caminando —dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en
la cara.

—¿Caminando, sólo caminando, caminando?

—Sí, señor.

—¿Caminando hacia dónde? ¿Para qué?

—Caminando para tomar aire. Caminando para ver.

—¡Su dirección!

—Calle Saint James, once, sur.

—¿Hay aire en su casa, tiene usted acondicionador de aire, señor
Mead?

—Sí.

—¿Y tiene usted televisor?

—No.

—¿No?

Se oyó un suave crujido que era en sí mismo una acusación.

—¿Es usted casado, señor Mead?

—No.

—No es casado —dijo la voz de la policía detrás del rayo brillante.

La luna estaba alta y brillaba entre las estrellas, y las casas eran grises
y silenciosas.

—Nadie me quiere —dijo Leonard Mead con una sonrisa.

—¡No hable si no le preguntan!

Leonard Mead esperó en la noche fría.

—¿Sólo caminando, señor Mead?

—Sí.

—Pero no ha dicho para qué.

 —Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar simplemente.

—¿Ha hecho esto a menudo?

—Todas las noches durante años.

El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de
radio que zumbaba débilmente.

—Bueno, señor Mead —dijo el coche.

—¿Eso es todo? —preguntó Mead cortésmente.

—Sí —dijo la voz. —Acérquese. —Se oyó un suspiro, un chasquido. La
portezuela trasera del coche se abrió de par en par. —Entre.

—Un minuto. ¡No he hecho nada!

—Entre.

—¡Protesto!

—Señor Mead...

Mead entró como un hombre que de pronto se sintiera borracho.
Cuando pasó junto a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal
como esperaba, no había nadie en el asiento delantero, nadie en el coche.

—Entre.

Mead se apoyó en la portezuela y miró el asiento trasero, que era un
pequeño calabozo, una cárcel en miniatura con barrotes. Olía a antiséptico;
olía a demasiado limpio y duro y metálico. No había allí nada blando.

—Si tuviera una esposa que le sirviera de coartada... —dijo la voz de
hierro—. Pero...

—¿Hacia dónde me llevan?

El coche titubeó, dejó oír un débil y chirriante zumbido, como si en
alguna parte algo estuviese informando, dejando caer tarjetas perforadas
bajo ojos eléctricos.

—Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas.
 Mead entró. La puerta se cerró con un golpe blando. El coche policía
rodó por las avenidas nocturnas, lanzando adelante sus débiles luces.

Pasaron ante una casa en una calle un momento después. Una casa
más en una ciudad de casas oscuras. Pero en todas las ventanas de esta
casa había una resplandeciente claridad amarilla, rectangular y cálida en la
fría oscuridad.

— Mi casa —dijo Leonard Mead.

Nadie le respondió.

El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando
atrás las calles desiertas con las aceras desiertas, sin escucharse ningún otro
sonido, ni hubo ningún otro movimiento en todo el resto de la helada noche
de noviembre.

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